"Adoro bailar -dice-. El ballet es mi pasión, y tengo claro que es la fuerza central de mi vida".
Una pasión que hoy se entrelaza con la madurez, la conciencia y la certeza de que su camino es también inspiración para quienes creen en el arte como un motor de transformación.
Han pasado ya dos años desde que Diana eligió a Croacia como el lugar donde su carrera profesional en el ballet podía florecer. Tras audicionar en distintas compañías en Europa, recibió varias ofertas, pero eligió aquella que, en ese momento, le ofrecía lo que más necesitaba: un repertorio sólido en ballet clásico -su gran fortaleza- y al mismo tiempo la apertura hacia lo contemporáneo. No fue una decisión casual; era el inicio de su vida profesional y Croacia representaba la oportunidad de crecer con la experiencia y la técnica necesarias para consolidar su camino.
Hoy, al mirar hacia atrás, reconoce cuanto ha cambiado. No es la misma de hace siete años. Su cuerpo ya no solo es su herramienta, también es un lenguaje que escucha con atención. Aprendió a leerlo en cada lesión, en cada dolor, en cada pausa que no siempre significa fragilidad, sino un Ilamado a reencontrarse también en lo personal. Sus "no negociables" son claros: descanso, disciplina, autocuidado.
Entiende que dormir ocho horas, entrenar con rigor y cuidar su alimentación son cimientos que sostienen no solo a la bailarina, sino también a la mujer que crece detrás del escenario.
Una lesión la obligó a detenerse siete semanas, y esa pausa abrió otra puerta: la lectura. Descubrió libros que transformaron su perspectiva, como Los Cuatro Acuerdos, y encontró en esas páginas un espejo de viejos patrones que necesitaba soltar. La creatividad, cuando no pudo expresarse con el cuerpo, buscó caminos en las palabras.
El ballet es el eje central de su vida, pero también el origen de ramas que se expanden: el sueño de volver a México, crear una fundación, sembrar un legado en Tapachula. "Cada vez que vuelvo, noto más interés por el arte, más gente dispuesta a ir al teatro. Si con mi tiempo y mi esfuerzo puedo aportar algo, lo haré con gusto", dice convencida de que dar es también otra forma de bailar.
Diana entiende la fuerza del trabajo en equipo. Lo aprendió en carne propia al atravesar su recuperación, acompañada de fisioterapeutas, psicólogos, nutriologos, amigos y familia. Fue ahídonde comprendió que crecer no es un acto solitario, sino un entramado de voluntades que se unen para sostenernos.
Con los años, aprendió también a ser paciente y compasiva consigo misma. Su mayor lección: ser honesta con lo que siente y lo que quiere. La vida, reconoce, está llena de fuerzas que no controlamos, pero también de energias que inconscientemente movemos para que aquello que necesitamos llegue en el momento justo. Por eso, la clave es estar en paz: con los sueños, con los tropiezos, con los procesos que forman parte del crecimiento.
