“Dadle al César lo que es del César”, una frase que contiene un simbolismo rico y profundo para reflexionar.

Cuando le damos a cada quien el lugar que le corresponde, todo lo demás se ordena por añadidura, casi de manera natural. Sin embargo, en la práctica, pocas veces respetamos ese principio en uno de los ámbitos más sensibles: la niñez. Durante mucho tiempo, hemos usado a la infancia como un experimento social. El problema no es solo lo que hacemos, sino la intención detrás: hemos querido criar adultos en cuerpos de niños, en lugar de acompañar procesos genuinos de desarrollo.

Cada vez tenemos más prisa porque crezcan. Los inscribimos en actividades desde edades cada vez más tempranas, llenamos sus tardes de compromisos, los llevamos a estimulación temprana y celebramos con orgullo cuando logran algo antes de tiempo. Presumimos si hablan primero, si caminan antes que otros, si parecen “más avanzados”. Pero, ¿qué sucede cuando fragmentamos la niñez? ¿Qué pasa cuando aceleramos su crecimiento y los empujamos de una etapa a otra sin permitirles integrar lo verdaderamente importante?

Para muchos adultos, el ideal es que el niño sea el más inteligente, el más hábil, el más adelantado. Sin embargo, olvidamos algo esencial: no se trata de llegar primero, sino de construir bases sólidas. No nos detenemos a observar si, a su propio ritmo, están integrando las funciones fundamentales que todo ser humano necesita desarrollar en la inmadurez. La infancia no es una carrera, es un proceso de descubrimiento. Es el momento en el que el ser humano explora, sin prisa, el lugar al que acaba de llegar. Les imponemos la prisa, la exigencia y la tecnología, pero los dejamos solos frente al manejo de sus emociones, sus miedos y sus limitaciones. Esperamos mucho de ellos, pero acompañamos poco lo que sienten. Un niño que no se siente libre es un niño que crece con la sensación de no pertenecer a ningún lugar. Si los juzgamos y medimos con la regla de nuestra adultez, inevitablemente se quedarán cortos, porque estamos evaluando procesos distintos con parámetros equivocados.

A un niño debe dársele el valor que merece: el de un ser humano en formación. Y esa formación no es menor, no es temporal ni superficial; es la base de todo lo que será en el futuro. Lo que hoy se siembra en la infancia repercutirá en su manera de relacionarse, de crear, de aportar a la humanidad. Por lo tanto, la niñez no es solo responsabilidad de los padres, sino de todos como sociedad.

Cuando queremos medir si hicimos algo bien o mal, solemos hacerlo a partir de nuestras emociones. Si algo nos hace sentir bien, lo calificamos como correcto; si nos incomoda, lo consideramos un error. Pero la emoción es cambiante y subjetiva. A veces incluso es engañosa, porque podemos hacer algo que nos genere satisfacción inmediata sin que realmente sea beneficioso a largo plazo. Quizá, en lugar de guiarnos únicamente por cómo nos sentimos, deberíamos observar los resultados. Mirar el presente y compararlo con la infancia que hubo detrás. Ahí es donde realmente se revela el impacto de nuestras decisiones. Si le dimos al niño el lugar correcto, si respetamos su proceso, si lo acompañamos en lugar de apresurarlo, entonces el resultado de hoy hablará por sí mismo.

Dejemos a los niños en su lugar correcto: jugando, aprendiendo, observando, sintiendo, explorando todas las gamas de emociones, a su propio ritmo y en su propio tiempo.

Permitámosles ser, sin prisa por convertirlos en algo más. Solo así, el día de mañana, podremos mirar hacia atrás y decir con honestidad y tranquilidad: “lo hicimos bien”.

Verónica E.​

@El.Vitral

EL LUGAR CORRECTO