HONRAMOS LA MUERTE... MIENTRAS CONVENGA
Si la muerte fuera temporal, lo más seguro es que perdería su encanto. Es bien sabido que los humanos nos resistimos, en mayor o menor medida, al cambio. Y si hablamos de un cambio tan profundo y, sobre todo, permanente como lo es la muerte, esta resistencia se intensifica.
No sé exactamente cuándo sucede, pero mientras crecemos llega un momento en que nuestra curiosidad y espontaneidad comienzan a desaparecer. Entonces empezamos a verlo todo en blanco y negro, cuadrado, predecible y, de preferencia, de un tamaño que nos acomode. Construimos una realidad a nuestra medida y nos acostumbramos tanto a ella que cualquier cosa que amenace con moverla, aunque sea tantito, nos pone los pelos de punta. La cosa se pone color de hormiga.
Es curioso porque, mientras creemos tener la vida asegurada, la desperdiciamos quejándonos de ella. Nos parece sosa, insuficiente, inadecuada; siempre hay algo que falta, algo que cambiar, algo que debería ser diferente. Pero si, por alguna razón, nuestra existencia se ve amenazada, de pronto todo adquiere un valor extraordinario. Lo cotidiano se vuelve maravilloso, los pequeños detalles cobran importancia y hasta aquello que antes nos molestaba comienza a parecernos insignificante.
Como sucede con tantas cosas, mientras las tenemos pierden valor; cuando se van, les atribuimos todas las virtudes posibles. Incluso algunas que quizá nunca tuvieron, pero que nuestra memoria, generosa y selectiva, se encarga de inventar.
¿Y qué decir de las personas que nos rodean y que trascienden? Mientras están vivas, somos perfectamente capaces de enumerar sus defectos, sus manías y todas esas características que nos resultan insoportables. Sin embargo, basta con que crucen al otro lado del velo para que, en muchas ocasiones, esos defectos se esfumen como por arte de magia. Entonces hablamos de sus virtudes, recordamos sus mejores momentos y nos lamentamos por aquello que no dijimos, por los abrazos que pospusimos y por las oportunidades que dejamos pasar.
No es que esté mal honrar la memoria de quienes se han ido. Al contrario, recordar con amor también es una forma de mantener vivos los vínculos. Pero ¿qué tal si comenzamos a honrar a las personas mientras todavía están aquí? ¿Y si reservamos un poco de esa admiración, esa ternura y esas palabras bonitas para quienes aún pueden escucharlas?
La muerte adquiere un significado diferente dependiendo de las circunstancias. Si alguien ha pasado sus últimos años cargando con una enfermedad incurable que le provoca sufrimiento, su muerte puede sentirse como un alivio, incluso como un acto de liberación. Pero si alguien muere cuando, según nuestra percepción de cómo deberían suceder las cosas, todavía no le correspondía, nuestra psique hace corto circuito. Nos enfrentamos a una realidad que no encaja en nuestros esquemas y que, por más que lo intentemos, no podemos negociar.
Quizá ahí radique una de las lecciones más difíciles de aceptar: la vida no tiene la obligación de ajustarse a nuestras expectativas. No nos garantiza un orden, una duración determinada ni un desenlace que nos parezca justo. Podemos planear, organizar y construir certezas, pero siempre habrá una parte de la existencia que escape a nuestro control.
No podemos hacer que la muerte sea temporal, ni necesitamos hacerlo. La elegancia del cierre de los ciclos es innegable. Hay en él un dejo de asombro, una sutil admiración por esa fuerza que nos recuerda que no somos dueños absolutos de nada, ni siquiera del tiempo que creemos tener.
Pero sí podemos cambiar la manera en que nos relacionamos con ella. Podemos dejar de verla únicamente como una amenaza y comenzar a reconocerla como un recordatorio. No para vivir con miedo a que todo termine, sino para comprender que, precisamente porque termina, merece ser vivido de otra manera.
Tal vez no se trate de aprender a morir, sino de aprender a vivir antes de que sea demasiado tarde. De dejar de aplazar los encuentros, de expresar el cariño sin esperar una ocasión especial y de entender que las personas no necesitan convertirse en recuerdos para merecer nuestras mejores palabras.
Porque honrar la muerte no debería significar idealizar lo que ya no está, sino aprender a valorar lo que todavía tenemos.
Que la muerte sea un aliciente para vivir, no una sentencia que nos condene a morir en vida.
Verónica E.
@El.Vitral
