Entre el saber y el comprender

Veronica E.

@El.Vitral

No es lo mismo saber que comprender. Y eso lo han tenido muy claro los sabios que han

existido a través del tiempo. A lo largo de nuestra existencia, desde las mentes más

simples hasta las más brillantes de la actualidad, hemos vivido con una necesidad

constante de saber. Por ello hemos desarrollado sistemas de investigación, lenguajes,

métodos de observación, análisis y un sinfín de herramientas con el propósito de llenarnos

de información que, aparentemente, nos haga más inteligentes.

El problema, sobre todo con el desarrollo cada vez más acelerado de la tecnología, es que

llenamos la vasija, pero olvidamos darle un uso práctico a lo que contiene. Y tal vez lo más

preocupante sea que continuamos llenándola hasta hacerla rebosar, sin la humildad

suficiente para aceptar que quizá parte de lo que hay dentro ya no sirve y que, de vez en

cuando, es necesario vaciarla para hacer espacio a una comprensión nueva.

Existe un dicho comúnmente expuesto: "Los que saben, instruyen. Los que comprenden,

actúan." Sin embargo, tal vez valdría la pena modificarlo un poco: "Los que instruyen,

aprenden. Los que actúan, entonces comprenden." Cuando aprendemos, llenamos nuestra

vasija, pero también corremos el riesgo de rozar la soberbia. Porque no existe una

medición real de cuánto comprendemos; muchas veces no discernimos, solo proyectamos

aquello que creemos válido. En cambio, cuando actuamos, pasamos la información por el

filtro de la experiencia, y es ahí donde ocurre la verdadera transformación.

Ya no repetimos ideas simplemente porque las conocemos, sino porque hemos vivido en

carne propia aquello que funciona y aquello que no. He ahí la importancia de los

testimonios. Cuando alguien valida, mediante su propia experiencia, algo que nosotros

mismos estamos viviendo, nos sentimos comprendidos. Hay una diferencia enorme entre

escuchar un concepto y escuchar una vivencia.

Si fuéramos capaces de discriminar la información de manera perfecta, quizá podríamos

comprender sin necesidad de experimentar. Pero no funcionamos así. Tan es así que nos

atrevemos a juzgar situaciones que nunca hemos vivido, solo porque las leímos en alguna

parte o porque alguien más nos las contó. Confundimos información con verdad y opinión

con conocimiento.

Resulta especialmente delicado, en estos tiempos, estar expuestos a la información a

raudales sin haber educado antes nuestro pensamiento crítico. ¿Cuánto de lo que leemos

creemos que es verdad? ¿Cuánto de lo que escuchamos damos por válido? ¿Cuánto de la

opinión ajena termina moldeando nuestra propia manera de mirar la vida? Son preguntas

que merecen una pausa.Tal vez ha llegado el momento de actuar más y hablar menos; de experimentar antes de

asegurar, de observar antes de concluir y de comprender antes de juzgar. Porque la

sabiduría no nace de la cantidad de información que acumulamos, sino de la capacidad de

transformarla en experiencia consciente. Solo entonces el conocimiento deja de ser un dato

y se convierte en una forma de vivir. Quizá ahí, y solo ahí, la plenitud deja de ser una idea

para convertirse en una realidad.