Stonehenge: Un paseo por la prehistoria

Por: Guillermo L. Espinal

Hacía poco más de 20 años que había visitado, junto con mi hermana Denise, el complejo megalítico de Stonehenge, situado en la llanura de Salisbury, en el condado de Wiltshire, al sur de Inglaterra. Ahora se presentaba la oportunidad de regresar, esta vez en un nuevo viaje con mi sobrino por las Islas Británicas, en el que recorreríamos Londres, Inglaterra; Edimburgo, Escocia; y Dublín, Irlanda.

Cada vez que salimos de paseo procuramos visitar museos, teatros y salas de concierto, así como parques de diversiones, o participar en actividades deportivas. En esta ocasión, por supuesto, no podíamos dejar fuera este importante yacimiento arqueológico, reconocido mundialmente por su extraordinario conjunto de monumentos prehistóricos y por el paisaje que lo rodea.

Stonehenge fue construido y modificado a lo largo de varios siglos, principalmente entre el final del Neolítico y los primeros siglos de la Edad del Bronce, aproximadamente entre 3000 y 2000 a. C. Su presencia en medio de la llanura inglesa nos transporta a una época remota, cuando las sociedades humanas comenzaban a transformar profundamente su relación con el territorio.

Hablar de la historia de la humanidad o de la historia del arte implica remontarnos a las primeras manifestaciones y evidencias dejadas por los grupos humanos de la prehistoria, un larguísimo periodo que se extiende por millones de años. Tradicionalmente se divide en Paleolítico, Mesolítico y Neolítico, etapas durante las cuales las comunidades humanas desarrollaron nuevas formas de subsistencia, perfeccionaron herramientas, dominaron el fuego, practicaron la agricultura y la domesticación de animales y, posteriormente, desarrollaron tecnologías como la rueda.

Fue también durante la prehistoria cuando surgieron algunas de las primeras expresiones artísticas conocidas, como las pinturas rupestres, los grabados y diversas manifestaciones escultóricas, además de impresionantes construcciones realizadas con grandes bloques de piedra. Entre estas manifestaciones encontramos los monolitos. El término procede del griego monos, “uno” o “único”, y lithos, “piedra”, y hace referencia, en sentido general, a una estructura o monumento formado por un solo bloque de piedra. Entre sus ejemplos se encuentran los menhires y algunas estelas y esculturas monumentales, como los famosos moáis de Rapa Nui, conocida también como Isla de Pascua. Existen, asimismo, grandes formaciones rocosas de origen natural que pueden recibir el nombre de monolitos, como el Pico de Loro, en Unión Juárez, Chiapas.

Cuando estas grandes piedras se disponen de manera intencional para formar construcciones o monumentos, hablamos de estructuras megalíticas. Entre sus principales tipos se encuentran los trilitos, los dólmenes y los crómlechs. El trilito está formado por tres piedras: dos colocadas verticalmente y una tercera dispuesta horizontalmente sobre ellas, a manera de dintel. El dolmen, por su parte, está compuesto generalmente por varias piedras verticales, conocidas como ortostatos, que sostienen una o más grandes losas horizontales. Su nombre procede del bretón y suele traducirse como “mesa de piedra”.

También existen agrupaciones de grandes piedras dispuestas en hileras, como las de Carnac, en Francia; o formando círculos y otras configuraciones, como los crómlechs. El término procede del galés crom, “curvo”, y lech, “piedra”. Entre todos ellos, Stonehenge es, sin duda, uno de los ejemplos más famosos y reconocibles del mundo.

Para visitar este fascinante conjunto prehistórico, hicimos nuestra reservación a través de la aplicación GetYourGuide. La excursión incluía también el Castillo de Windsor, donde pudimos apreciar los Apartamentos de Estado, la Casa de Muñecas de la Reina María y la Capilla de San Jorge, considerada una de las grandes obras del gótico inglés.

El recorrido continuó hacia las termas romanas de la ciudad de Bath, establecidas alrededor del año 70 d. C. Este extraordinario complejo arqueológico fue construido en torno a los únicos manantiales naturales de aguas termales de Inglaterra y funcionó tanto como santuario religioso dedicado a Sulis Minerva como espacio de encuentro y actividad social durante la época romana.

Finalmente llegó el momento de encontrarnos nuevamente con Stonehenge. Además de recorrer el círculo formado por sus gigantescos bloques de piedra, algunos de más de cuatro metros de altura y con un peso que puede alcanzar varias toneladas, visitamos la exposición de objetos arqueológicos y las reconstrucciones faciales basadas en restos humanos antiguos que se encuentran en el centro de visitantes.

Pero la experiencia no terminó ahí. En las réplicas de las viviendas prehistóricas, reconstruidas a partir de los hallazgos realizados en el cercano asentamiento de Durrington Walls, mi sobrino Willy pudo jugar, explorar e interactuar con una recreación de la vida cotidiana de aquellos remotos habitantes de la región.

Caminar por Stonehenge después de tantos años produjo en mí una sensación muy particular: regresar a un lugar que había conocido dos décadas atrás y contemplarlo ahora desde otra perspectiva, acompañado por una nueva generación de mi familia. Las enormes piedras permanecen allí, silenciosas e imponentes, como lo han hecho durante miles de años; nosotros, en cambio, seguimos avanzando, viajando y descubriendo nuevas historias.