LA FUNCIÓN ETERNA

¿Sobrevivir sin mamá? Sí, por supuesto que todos podemos… pero mamá no es solo un

cuerpo que acompaña la infancia. Mamá es una presencia que atraviesa la vida entera. Sin

ella, nuestro referente se vuelve difuso, como un mapa sin norte.

De niños, dependemos por completo de su cuidado y su protección. Creemos, con la certeza

absoluta de la infancia, que sin ella no podríamos existir. La buscamos con la mirada en cada

rincón, en cada ausencia breve, incluso detrás de una puerta cerrada. Más tarde, en la

adolescencia, la percibimos como un obstáculo en el camino hacia nuestra independencia y la

miramos con cierta dureza. Sin embargo, ella permanece: firme, como un roble, inalterable ante

los desplantes de una juventud que aún no comprende.

Con el tiempo, la vida nos conduce —inevitablemente— a pisar las huellas que ella dejó. Y

entonces algo se revela. Como un destello que abre la conciencia, comenzamos a reconocer la

profundidad de sus palabras, la intención detrás de sus silencios, la sabiduría que antes nos

parecía invisible.

Si la vida concede el privilegio de su presencia, la seguimos encontrando en nuevas etapas: en

nuestras decisiones profesionales, en los claroscuros del amor, en la experiencia de maternar o

de cuidar. Pero cuando ya no está, su ausencia no es un vacío absoluto, sino una

transformación. Es ahí donde su función adquiere otra dimensión: la de habitar en nosotros.

Porque en cada duda, en cada logro, en cada crisis y en cada instante de plenitud, algo de ella

se manifiesta. Somos, en gran medida, lo que sembró, lo que sostuvo, lo que acompañó hasta

ver florecer. Somos también la memoria viva de su entrega.

Por eso, la vida que llevamos es, en cierto modo, un reflejo de su alma. Y tal vez la forma más

profunda de honrarla no reside en la nostalgia, sino en la manera en que elegimos vivir:

encarnando, con conciencia y dignidad, lo mejor del mundo que nos enseñó a habitar.