OTOÑO EN CRISIS

Llega el otoño con sus hojas caídas, el viento con olor a café y la cobija a punto de usarse. No somos capaces de comprender el otoño hasta que experimentamos la necesidad de dejar caer algo o, en su defecto, soltar. Cuando esta época llega, ya empezamos procesos, los pusimos a prueba, nos equivocamos, reiteramos, vacacionamos y nos relacionamos. Pero nos falta sentarnos a la orilla de la ventana, mantita en mano, a observar conscientemente... ¿qué es lo que ya se debe ir?

Al igual que el árbol no se preocupa por cuál de sus hojas ya cumplió su ciclo y debe desprenderse, asimismo nuestros procesos, ideas y pensamientos deben depurarse.

En la actualidad, existe un llamado urgente a atender este asunto. Podríamos decir que estamos ante una época en la cual la información abunda, las ideas exceden, los consejos empalagan, pero el pensamiento crítico escasea. En un mundo en donde la información basura se propaga más rápido que la luz, es vital, si queremos preservar la coherencia, trabajar en la depuración del pensamiento y, sobre todo, en el fortalecimiento del discernimiento.

¿Qué tanto de lo que reproducimos es nuestro y qué tanto proviene de aquello que nos programaron para creer? Pasamos cada vez mayor parte de nuestros días intentando educarnos en un sistema algorítmico diseñado para apagar precisamente lo único que preserva la esencia humana: la voluntad de decidir en qué creer y en qué no. Se nos presenta un cúmulo de distractores, atractivos, por supuesto, que nos hacen querer absorber lo más que podamos, pero apagamos esa parte de nuestro cerebro que nos salva mediante la pregunta: ¿qué tan cierto, confiable e inocuo resulta esto?

Si queremos que las nuevas generaciones rescaten y fomenten el pensamiento crítico, hoy en proceso de extinción, debemos ser capaces de sostener las preguntas incómodas que vienen con ello.

Porque pedimos que los jóvenes piensen por sí mismos, tengan iniciativa y decidan en coherencia, pero en cuanto se plantan frente a nosotros, retando nuestras ideas obsoletas —esas que nos mantienen dentro de nuestra necesidad de conservar el control y el poder—, entonces convertimos su pensamiento crítico en rebeldía.

Pero es precisamente esa rebeldía la que se necesita para iniciar el cambio. Aunque esta misma rebeldía deberá ser encauzada si lo que pretendemos es aprender a equilibrar las normas tradicionales que siguen siendo necesarias con la adaptación a nuevas realidades. Claro está que la rigidez mental promete mantenernos a salvo, pero, a largo plazo, la violencia que implica mantenerla produce mayores estragos.

El otoño está en crisis porque las hojas deben caer para que el ciclo se renueve, pero no queremos soltarlas por miedo a lo desconocido. Tampoco queremos esperar el proceso para las nuevas hojas y, mucho menos, deseamos esforzarnos en plantar un nuevo árbol. Y de pensar en decidir cuál árbol debemos talar y cuál no, mejor ni hablamos.

Quizá el verdadero problema no sea que las hojas caigan, sino nuestra incapacidad para aceptar que algunos árboles ya cumplieron su ciclo. Hay ideas que necesitan desprenderse, creencias que necesitan ser cuestionadas y estructuras que, por más que nos empeñemos en conservarlas, ya no pueden sostener la vida que pretendemos construir.

El otoño estará a salvo cuando dejemos de mirar las hojas que caen como una pérdida y aprendamos a reconocerlas como parte de la renovación. Y quizá, algún día, tengamos también el valor de mirar el bosque completo y preguntarnos, sin miedo: ¿qué árboles necesitamos dejar caer y cuáles necesitamos talar para que algo nuevo pueda crecer?

Verónica E.

@El.Vitral