Una semilla se siembra y no pasa nada. Si prestamos suficiente atención, podemos tal vez captar a ojo desnudo sus pequeños y casi imperceptibles cambios. Pero la mayoría de las veces, nos damos cuenta de ellos hasta que ya significan un ajuste de perspectiva importante.

Asimismo pasa con todo lo que engloba la vida. Incluidos por supuesto, los procesos humanos. Des afortunadamente, la mayoría nos pasamos el tiempo pendientes de los procesos ajenos.

Queremos opinar, corregir o cambiar lo que consideramos un error ajeno. Vamos con lupa magnificando desaciertos, acomodando vidas, queriendo meter a nuestra cajita feliz todo lo que creemos que podemos salvar. Sin darnos cuenta de que tenemos una misión importante... la de cuidar nuestra propia semilla para que florezca.

Somos semillas de cambio, pero no todos germinamos igual. Habrá quienes tarden más que otros. Habrá quienes florezcan bajo circunstancias adversas, entonces su piel será más resistente, incluso áspera. Habrá quienes crezcan en ambientes sumamente suaves y armónicos, y tal vez su piel sea delicada. Pero ninguna será igual que otra.

Lo que es un hecho es que todos tenemos la misión de crecer. Incluso aunque nos resistamos a ello, las vicisitudes de la vida nos moldearán tarde o temprano. La inercia no cabe en una semilla, aunque así lo parezca. Si somos lo suficientemente perspicaces, pondremos atención plena y estaremos presentes conscientemente en nuestro proceso. Si no es así, nos pasará de noche y sólo despertaremos un día preguntándonos qué hicimos con nuestra vida.

Verónica E.

@El.Vitral