¿ Somos verdaderamente independientes ?
Celebramos nuestra independencia con furor y nos sentimos orgullosos de haber logrado separarnos del yugo de alguien más. Suponemos que con ello vamos a ser libres, solo para después darnos cuenta de que nunca somos verdaderamente independientes.
Usamos la independencia para marcar una identidad, para poder definirnos dentro de un entorno más controlado, más afín a nuestros intereses. Pero, incluso después de conquistarla, no podemos dejar de necesitar preguntarle a nuestro vecino si lo que estamos haciendo está bien, si nuestra decisión es correcta o si podemos asociarnos para que tal o cual proyecto salga mejor.
En la vida somos libres, pero en la práctica somos una interconexión infinita. Venimos de un vientre; desde ahí nos enseñan que no podemos solos. Somos seres sociales,
permeables, distintos, con necesidades diferentes y, sobre todo, con una sed constante de integrar otras formas de pensar como una manera de diversificarnos, como si quisiéramos mantenernos vigentes por medio de otros.
Hay mucha magia en el grupo. Hay protección, intercambio, aprendizaje, compañía y también una sensación profundamente humana de pertenencia. Pero aquí aparece la pregunta incómoda: ¿pertenecemos a un grupo como cobijo, o nos cobijamos bajo un grupo para sentir que pertenecemos?
No es lo mismo ser parte de algo desde nuestra individualidad que perder nuestra individualidad con tal de pertenecer. Es ahí donde la independencia adquiere matices blanco-oscuros. Porque no podemos ser totalmente independientes, ni creo que debamos aspirar a serlo. Necesitamos de otros. Necesitamos vínculos, comunidad, colaboración y hasta el contraste que producen las ideas ajenas. La independencia absoluta, llevada al extremo, no sería libertad: sería aislamiento.
Pero también es nuestro deber fomentar y acicalar nuestro propio criterio para mantenernos mentalmente sanos. Poder escoger las mejores opciones, decidir con base en lo que nos funciona, discernir entre lo que nos conviene y aquello que simplemente nos distrae. Aprender a escuchar una opinión sin convertirla automáticamente en nuestra verdad. Poder cambiar de opinión sin sentir que traicionamos nuestra identidad.
Tal vez la verdadera independencia no consiste en no necesitar a nadie, sino en no necesitar desaparecer dentro de nadie. Podemos pertenecer sin someternos. Podemos escuchar sin obedecer. Podemos admirar sin imitar. Podemos amar sin renunciar a nuestro criterio. Podemos formar parte de una comunidad sin entregarle las llaves de nuestra propia conciencia.
Sí, celebremos la independencia. Pero hagámoslo de manera congruente y honesta: respetando nuestros propios criterios, fomentando la aceptación de otros de manera amorosa e interconectándonos de manera inteligente, sin perdernos a nosotros mismos.
Valdría la pena revisar si, tal vez la independencia más difícil de conquistar no sea la de un país frente a otro, sino la de una persona frente a la necesidad de que alguien más le diga quién debe ser.
Y esa independencia, a diferencia de cualquier acta o decreto, se conquista todos los días.
