Hablando de Odiseas, a menudo solemos recurrir a esa referencia para explicar cómo nos enfrentamos a una serie de vicisitudes para llegar a un fin. Cuando por fin alcanzamos nuestra meta, sentimos orgullo de ello y contemplamos el resultado con admiración.

Volteamos a ver aquel diploma, aquella solución puesta en práctica, aquel ascenso, aquella meta cumplida o aquel proyecto terminado con una satisfacción como si aquello, en sí mismo, representara el máximo anhelo. Solo para después, pasados los días o los meses, volver a sentir esa insatisfacción, volver a caer en los mismos errores y hábitos, volver a experimentar ese vacío que existía antes de ese último logro.

Entonces surge una pregunta: ¿y si el camino no fuera para llevarte a una meta, sino para transformarte mientras lo transitas? ¿Y si, mientras no dirijas tu mirada hacia ese enfoque, vas a seguir recorriendo caminos sin que la satisfacción sea duradera? Porque podemos alcanzar millones de objetivos, pero si no somos capaces de hacer consciente lo que se transformó en nosotros para lograrlo, difícilmente comprenderemos de qué trata realmente el camino.

No se trata de haber delegado y logrado quitarte más trabajo, sino de la soberbia que tuviste que pulir para hacerlo. No se trata de haber sobrepasado un dolor, sino de haber asumido la responsabilidad sobre ti mismo sin quedarte estancado en el papel de víctima. No se trata de haber descubierto una traición, sino de cuánto aprendiste a escogerte primero, en lugar de esperar a que alguien más te escogiera. No se trata de ganarle a los demás, sino de cuánto superaste tus propias limitaciones.

Quizá por eso muchos logros terminan sintiéndose insuficientes. Porque confundimos el destino con el propósito y la meta con el sentido del viaje. Creemos que la felicidad nos espera al final del recorrido, cuando en realidad se va construyendo con cada decisión, con cada renuncia, con cada aprendizaje que nos obliga a convertirnos en una versión distinta de nosotros mismos. El destino puede ser el mismo para muchas personas; lo que nunca será igual es la transformación que cada una experimenta mientras llega hasta él.

Hay diferentes caminos para diferentes viajes. A veces el viaje ocurre sin mover ni un pelo; otras veces es vertiginoso. A veces involucra a otros y, en ocasiones, debe recorrerse en soledad. Pero, casi siempre, el viaje es un retorno a uno mismo.

Tal vez convendría revisar que, cuando empezamos el camino, somos unos, y cuando llegamos al final de él, somos otros. Ahí radica el verdadero sentido del recorrido: no en la meta alcanzada, sino en la persona en la que nos convertimos mientras avanzábamos hacia ella.

Porque, al final, todos los caminos llevan a Roma. Sin embargo, muy pocos recuerdan que Roma nunca fue el verdadero destino. El verdadero destino siempre fuimos nosotros.


Veronica E. @El.Vitral